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>>ABRUZZO |
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Biografías de personajes anónimos | |||||||||||||||||||||||||||||||||||
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| Autor: Melina Wehr Málaga 1º Premio Concurso "Italia de Siempre" - Año 1999. |
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Tres de agosto de 1885.Gissi, provincia de Chieti, región del Abruzzo.No sé... no me pudo contar si había sol o estaba nublado o lluvioso, si era de día o de noche, pero imagino que para sus padres eso no tenía importancia, para mí sí, porque quisiera saber hasta el último detalle; hasta el último detalle de la vida de un inmigrante italiano, uno más para muchos, para mi no, para mí es alguien que se merece la admiración de todos mis compatriotas y la mía en especial, porque tengo trece años, y aunque me han hablado de todos ellos, el que yo describo para mí es el mejor, sin desmerecer a los demás. Se preguntarán el motivo. Es que este inmigrante era mi bisabuelo. Mi bisabuela también vino de Italia, pero hoy quiero hablar de él porque me lo imagino, lo sueño, lo quisiera tener para escuchar la historia en boca de quién la vivió, la sufrió y no le dio el tiempo para conocerme a mí. A pesar de todo, yo escuché a su hija y a su nieta que son mi abuela y mi mamá. Integrante de una familia compuesta por sus padres, un hermano y una hermana, todos abocados a las tareas rurales; los típicos agricultores de aquella zona del centro de la gran bota europea. Sus años de niñez, adolescencia e incipiente adultez fueron los elementos que llenaron esa valija pequeñita, rectangular, de cuero duro que colgaba de su brazo izquierdo mientras el derecho se balanceaba en la baranda del Julio Césare, que iba repleto de hombres sedientos de progreso, con la ilusión de llegar a un continente que no conocían, que soñaban con conquistar a través de su esfuerzo; éste era el gran capital que tenían para invertir en la gran empresa que tenían por delante. ¡Cuántas incógnitas, cuántos sueños, cuánta ansiedad! Luego de cuarenta días de viaje, un viaje muy cansador, con dolores nunca antes experimentados, un horizonte monótono, cielo y mar, mar y cielo, sólo la incertidumbre llenaba los pensamientos, pero también las ansias de llegar , encontrar y ver al paisano que vivía en la ciudad de Los Toldos, provincia de Buenos Aires. Al fin llegó, con veinte años de edad está en Buenos Aires.Para comenzar, el trabajo parecía ser lo más importante y así comenzaban y terminaban sus jornadas que se fueron sucediendo hasta llegar a la gran meta, que era la autosuficiencia. Se radicó en el campo, en una parcela de 60 hectáreas que conoció sus lágrimas, su agotamiento y algunos pocos momentos de alegría en este gran país, Argentina, que cobijó a muchos como él. Ahora voy a relatarles algo que a mí me impactó, quizás para algunos parezca exagerado o que la arrogancia se apoderó de mí, pero es la verdad, esa verdad que hizo que yo lo admire, esa admiración de la que les hablaba al principio. Corría el año 1912, y sabiendo a través de las cartas que recibía de su querida Italia que su patria entraría en guerra, decidió volver para participar de la contienda. Su orgullo de italiano amante de su tierra no le permitía permanecer indiferente a pesar de la lejanía. Hubiese sido fácil cerrar los ojos y no oír ¡Estaba tan lejos! Pero la Patria llamaba a luchar por ella, había que acudir, no dudar, volver a enfrentar más de un mes de viaje, volver a mirar ese horizonte lejano sin saber si algún día regresaría. La importancia de este hecho quizás muchos no la puedan medir o quizás tampoco la justifiquen, pero a mí me llena de orgullo, y estoy agradecida a Dios por darme la posibilidad de escribir todo esto y hacerles conocer la historia de este inmigrante que era mi bisabuelo. Pero es como dice mi mamá, Dios sabe porque hace las cosas y al Nonno el destino le jugó una mala pasada. El viaje de regreso fue terrible, el mar parecía querer impedir que el barco llegara a destino. El oleaje, que movía al barco como hoja de papel, hizo que mi bisabuelo enfermara de tal manera que llegó a puerto deshidratado y los médicos italianos no permitieron que participara de la guerra ya que permaneció varios meses internado. Cómo no pudo cumplir con su obligación de italiano amante de su tierra, apesadumbrado decidió volver a la Argentina. Este acto de patriotismo, de hidalguía, me marca y quisiera heredar esos genes y, a la vez, transmitirlos para que no desaparezcan jamás. Al regresar, se radicó definitivamente en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, el amor ya había tocado a su puerta y un diez de enero de 1914, se casó con una hermosa y bajita italiana que había llegado de su pueblo, donde se habían conocido de chicos. Ya había formado su propia familia, su proyecto de vida estaba tomando forma, todo iba tomando otro sentido, pero seguía extrañando, solamente las cartas que le enviaba su hermana lo mantenían al tanto de las noticias de su tierra natal y una de ellas fue que su hermano había fallecido en la guerra. El dolor era muy grande, pero había que seguir adelante, no dejarse caer. Tenía una esposa. Aquí comenzó a conocer gente a la cual respetaba y a la cual le decía que estaba contento de vivir en este país y agradecido por las leyes que los favorecieron. Y entre madrugadas, atardeceres y desvelos, la vida de campo iba dejando huellas en su físico. En una oportunidad, tuvieron que mandar gente a buscarlo al campo, porque demoraba en volver a la casa y se había desatado una gran tormenta. Al no tener donde refugiarse, lo encontraron caminando de regreso muy golpeado por el granizo que había caído, pero aún así no se dejó vencer ni por el cansancio ni por el dolor. El campo iba dando sus frutos, pero no era fácil. Hubo sequías donde la tierra se resquebrajaba y nada crecía, heladas tardías que quemaban los pequeños brotes, plagas que malograron sus cosechas, anécdotas feas que convertían cada día en un desafío para seguir adelante sin dejarse amedrentar. Al año nació su hijo, Atilio, y una gran alegría cubrió ese rostro que había sido muy blanco y que ahora tenía el color que los largos días al sol le habían dado. Al fin tenía un sucesor en el mundo que corría. Esa alegría duró hasta el próximo embarazo, que lamentablemente no se convirtió en un nuevo ser. Así sucedió otra vez, pero la fuerza de voluntad desafió al destino, se repusieron del dolor de dos embarazos frustrados y nació Carolina. Era evidente que Dios los acompañaba y luego de Carolina nació María, mi Nonna. El árbol ya tenía tres hermosas ramas que crecieron en la inmensidad del campo, levantándose con el sol, acompañándolo en esas duras jornadas, sin importar el sol, la lluvia, el granizo, las fuertes heladas. Todos ponían no sólo el hombro, sino el cuerpo entero para que la tierra rindiera, pero muchas veces se les negaba. Nada era fácil, nada era regalado, todo era fruto de grandes sacrificios, de sudor, pero se querían mucho, era una familia unida y feliz. El esfuerzo era algo natural. El paso del tiempo hizo que esas ramas dieran sus retoños, uno de ellos es mi mamá. Cuando mi Nonna llevaba a mi mamá al campo, ella disfrutaba del buen carácter de su Nonno, y también, por qué negarlo, por el consentimiento a todos sus deseos. Le enseñó a andar a caballo, a mirar el horizonte en el crepúsculo, a distinguir las estrellas en la inmensidad del cielo en aquellas noches camperas, a jugar con los animales domésticos y a disfrutar de las pastas y tortas chichirichiatas, pasteles que con amor de Nonnos trataban de retribuir el amor que un niño sabe demostrar a sus mayores. Seguían llegando cartas de Italia, las noticias no eran tan malas porque ya su tierra natal se estaba recuperando de la guerra que había dejado un triste y amargo recuerdo, pero que dio fuerzas para volver a levantarse y renacer, gracias a Dios. Las cartas se transformaron en información sobre los familiares, los que poco a poco iban mejorando su situación. Mi Nonna era la que escribía y respondía aquellas cartas y lamentablemente solo tuvieron que contentarse con la escritura, porque ese gran hombre que fue mi bisabuelo, aquel inmigrante que hizo mucho, casi todo lo que un gran hombre con mayúsculas pudo hacer, nunca tuvo la posibilidad de regresar ni lograr que su familia conociera personalmente aquella hermosa zona del Abruzzo. Pero, a veces, para conocer un sitio no hace falta viajar cuando se habla con amor y con conocimiento, haciendo del relato una fotografía tan nítida que parece una película que va transcurriendo. Dice mi mamá que el Nonno contaba que el Abruzzo era una de las regiones más importantes de Italia, que estaba cerca de Roma. Con montañas al occidente y colinas al oriente y un clima especial por estas características. El mar!!! Ese mar Adriático querido, con su transparencia y hermosura y la nieve... también se extrañaba. Cuando mamá me contó, decidí investigar sobre Abruzzo, ya que sentía estar más cerca de él conociendo, aunque sea por libros y fotos ese lugar. Así aprendí que el Mar Adriático se caracteriza por una temperatura entre los 12° y los 16° C. Que en el Mar Tirreno las precipitaciones superan a veces a los 1700 mm. anuales y que la nieve es muy abundante en las montañas. La región tiene un pequeño glaciar y es el único del sistema interno apenínico. Las ciudades más importantes son Chieti, con 382.000 habitantes y dentro de esta gran ciudad se encuentra Gissi,el pueblo natal del Nonno. La segunda ciudad es L`Aquila con 300.000 habitantes, la tercera es Pescara con 293.000 habitantes y por último está Teramo con 279.000 habitantes. Así es el Abruzzo de mi bisabuelo. Erguido y bien plantado con sus 80 años, haciendo todas las mañanas sus quehaceres para enfrentar el día, iba pasando el tiempo con la sapiencia que dan los años. Sus movimientos eran tranquilos, pausados y le permitían seguir con sus cosas sin conocer lo que era la pereza, el malhumor o la falta de respeto hacia los demás, haciendo sus cosas cuando y como correspondía. Sus hijos le habían dado nietos de los que disfrutaba compartiendo juegos, haciéndose cómplice de sus travesuras quizás provocadas por él para regresar a su niñez de la cual no pudo disfrutar. Muchos familiares ya no le escribían, las cartas eran cada vez más distanciadas, el camino de la vida comenzaba su descenso. El no demostraba tristeza o rencor, sino todo lo contrario, con la frente alta y el paso firme, agradecido por tener casi la certeza del deber cumplido seguía peocupándose por el futuro de sus hijos, sin egoísmos, queriendo compartir todo lo que la vida le había enseñado que era un tesoro de valor incalculable. Un día sufre un accidente con una máquina cosechadora; un grano de maíz saltó del túnel de la máquina con tanta mala suerte que le pegó en el ojo y desde ese día le quedó totalmente blanco, perdiendo la visión por completo porque en aquellos días la ciencia no tenía tantos adelantos como hoy. Aún así, pisando los ochenta y cuatro años todavía seguía montando a caballo y abusando de su físico, tratando de no pedir nada de nada, sintiéndose tan capaz como en su juventud con esa dulce terquedad y orgullo que dan los años bien vividos, premiado por el Todopoderoso con los valores que puso en su mente y corazón, con esos valores con los que pudo crear una familia en un país que no era el de él, pero que lo adoptó como un hijo más. Estaba cabalgando un día cuando el caballo metió la pata en un hormiguero y rodó por el suelo. El bisabuelo ya no tenía la agilidad de sus años mozos y le hizo mucha falta en ese momento. Un gran hematoma en su espalda, consecuencia de la caída, provocó su urgente internación en el hospital del pueblo, pero allí no tenían los medios suficientes para su atención, por lo que debieron trasladarlo a otra ciudad. Lamentablemente, nada fue suficiente para aliviarlo. Mi bisabuelo ya no está. A veces me pongo a pensar en sus sentimientos cuando venía en el barco, sin saber que encontraría, la angustia de un futuro incierto, los sueños, la añoranza, la felicidad de llegar por fin y la tristeza de dejar todo atrás. Me lo imagino sentado a la sombra de un árbol luego de un largo día de trabajo, descansando con la mirada perdida en el horizonte, haciendo un resumen de su vida, recordando su querida Italia, las montañas, la nieve, el mar transparente y azul... Ojalá que nunca tenga que tener la necesidad que tuvo él de ser una inmigrante, pero si fuera así, espero que Dios me dé la misma integridad moral y valentía para enfrentar la vida. Hoy no tengo más que palabras de agradecimiento para con mi bisabuelo y estoy segura que a través de la sangre, todos sus descendientes hemos heredado algo de ese gran ser y yo siento el ORGULLO, así, con mayúsculas, de ser la biznieta de aquel gran italiano del Abruzzo. |
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